Okja y algunas reflexiones vagas sobre comer carne

Okja
(Estados Unidos, 2017)
Director: Joon-ho Bong
Género: Drama
Guionistas: Joon-ho Bong y Jon Ronson

La primera experiencia que tuve de desagrado hacia la carne fue cuando a mis 4 o 5 años llevaron a casa de mi abuelita Cecilia un totol. Recuerdo haber llegado del kínder para encontrármelo en el patio. Le puse nombre y durante muchos días llegando de la escuela, lo primero que hacia era correr a verlo, hasta que llegaron las fechas navideñas y mi abuelita lo mató. Era la comida de navidad que, aún con culpa de por medio (como cuando Homero se come a Tenazas), consumí.

Así ha sido mi historia con la carne. Soy un cínico que, a pesar de estar informado de toda la industria, prefiere no ver los videos de cómo se hacen los nuggets de pollo, los videos de los rastros o de granjas de leche. Quizá se podría decir que soy demasiado egoísta y, ya que casi no como verduras, prefiero disfrutar el sabor de la carne. Todo esto me da remordimiento de vez en cuando y he tenido por lo menos una etapa de mi vida en la que intenté consumir la menor carne posible. Fracasé.

La razón de mi intento fue Diego, un perro que tuve con mi ex pareja Fernanda. Nunca había tenido realmente un perro, y el día que lo tuve, mi vida cambió en cuanto a la forma de relacionarme y entender a los animales. Cualquiera que haya tenido uno sabe que no son meramente animales. Los habita una especie de subjetividad que hace a cada uno de ellos diferente. Y quizá por eso nos encariñamos tanto con ellos y los tratamos como si fueran personas, porque quien ha tenido un perro, sabe que efectivamente son como pequeños niños que nunca crecen (aunque desafortunadamente sí envejecen) y que de algún modo, se vuelven depositarios de la capacidad que tenemos de amar.

Desde que tuvimos a Diego (que falleció a sus dos años y medio por insuficiencia renal) el resto de los animales se abrieron a mí como subjetividades y no como meros animales en el mundo. Vamos, siempre he sido consciente de que son especies vivas pero es muy distinto aprehenderlos desde ese otro punto. Y fue entonces que a razón de él, y de que Fernanda casi no comía carne, intenté cambiar mis hábitos. Pero dejar la carne es un proceso complicadísimo. Más que dejar de fumar.

Si hago este breve resumen de recuerdos, es por haber visto Okja (Bong Joon-ho, 2017), la nueva película coproducida por Netflix que generó debate en el pasado Festival de Cannes (aquí pueden leer al respecto) y que, si bien no es la mejor película que haya visto en los últimos meses, sí es una que te invita a reflexionar sobre tus hábitos alimenticios, sobre los animales que mueren a diario para que podamos comer, y sobre el papel que jugamos como personas en nuestro entorno.

La película trata de lo siguiente: Okja es un supercerdo que surge como proyecto de una compañía transnacional, Mirando, que 10 años atrás, se propuso abonar la industria alimentaria con un nuevo platillo, unos nuevos cerdos modificados genéticamente. Sin embargo el proceso llevaba tiempo pues estos animales son gigantes. Para hacer esto más emocionante y mediático (vendible), la directora de la compañía lanzó en ese entonces una especie de concurso. Se le daría un espécimen de este supercerdo a granjeros en diferentes latitudes, para luego de 10 años, revisar quién ha logrado una mejor crianza y recompensarlo por esta labor, así como vender la carne del cerdo ganador a un precio más elevado. Nada lejano a lo que sucede en la realidad en la industria cárnica.

El cerdo ganador resulta ser Okja, un simpático animal que luego de tantos años se ha vuelto el mejor amigo de Mija (Ahn Seo-hyun), la nieta del granjero, que al ver a la gente de Mirando llegar por Okja para llevársela a Nueva York, se derrumba sentimentalmente. Para Mija, Okja no es  un objeto que se pueda vender, ni carne que se pueda consumir. Es un ser al que le tiene aprecio, que abona sentido a su vida y, sin el cuál, seguramente se sumiría en una profunda depresión como muchos cuando perdemos a algún ser querido.

Por esto Mija decide abandonar su casa e ir en busca de Okja. Si puede hacer algo por evitar que la maten, lo hará, como haríamos cualquiera de nosotros si fueran a matar a nuestro perro. La historia que Okja nos cuenta es el vericueto por el que pasa Mija con tal de evitar que su amiga muera, y a lo que nos enfrentamos, es a una copia de la realidad. La indiferencia con que las personas hablamos sobre diferentes cortes de carne o ganado, parcializando el hecho de que eso de lo que hablamos son vidas.

Okja funciona porque a pesar de que no podemos observar mucho tiempo al supercerdo en la pantalla, sí vemos todo lo que Mija como ser humano siente por ella, y sentimos empatía por la relación. Sumándole además la cara perruna con que revisten a estos superanimales. La película conmueve porque obliga al espectador, aunque sea por unos minutos a pensar en el especismo, el cómo culturalmente somos parte de una discriminación hacia las otras especies animales, hacia sus formas de habitar y de sentir, pues como animales racionales que somos deberíamos de replantearnos nuestras obligaciones morales hacia esas otras especies. No sólo ser considerados hacia con los humanos y nuestras mascotas, sino con el resto de especies que viven, sienten y por consiguiente, pueden sufrir.

El consumo de carne es un problema real que quizá atenta contra la razón. Y sí, nuevamente soy cínico al respecto puesto que la consumo. Pero considero importante hacer el intento por movernos y cambiar la forma en que nos relacionamos con el mundo, no en un afán new age a la Pachamama, sino desde una perspectiva racional y moral, pues ¿qué derecho y poder tenemos sobre las otras especies como para matarlas y comerlas? Claro que una respuesta facilona vendría dada desde lo que naturaleza es en sí misma, puesto que no es esa cosa completamente armónica que muchos pregonan, sino más bien una serie de actos que también pueden ser violentísimos. Lo vemos ahí con los terremotos, tsunamis, con los videos de animales comiéndose entre ellos en la selva. Y entonces desde este argumento, se podría decir que lo natural para subsistir es, y ha sido desde años, matar a las especies que están debajo de nosotros en la cadena alimenticia. La diferencia es que desde hace tiempo los seres humanos nos hemos vuelto artificiales en la medida que desarrollamos cultura y técnica. La cultura nos emancipó de la naturaleza y nos ha alejado cada vez más de la animalidad. En eso consiste también el ser racional, en separarnos mediante la razón y el conocimiento de los meros impulsos que habitan a los animales y, es quizá ésta la única solución para un futuro mejor: volvernos cada día más artificiales en el sentido de apelar cada vez más al uso de la razón, ya que es ésta la única que nos puede conducir a una mejor relación con el otro, a no contaminar, a ser lo más cívicos posible y también a dejar de consumir carne. La posibilidad de habitar un futuro mejor depende del uso de la razón. Para ser empáticos se necesita ser racional, no es algo que se genere de forma espontánea.

Okja estuvo nominada a la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes. Premio que perdió frente a Las hijas de Abril de Michel Franco. Sin embargo, para alguien que quiere crear consciencia sobre el tema de la industria cárnica y sobre porqué el futuro es dejar de comer carne, supongo que poco importa el premio si se le compara con el hecho de llegar vía Netflix a millones de personas y hacerlas reflexionar sin tener que moverse a una sala de cine, pues como dije antes, si bien no es una gran película en el sentido de que no toca en términos estéticos, sí lo es en tanto que logra el objetivo de hacer que el lector se replantee sus dinámicas de consumo y vea, aunque sea a través de un supercerdo con cara de perro que no existe, lo que sucede a diario con miles de animales que son matados de formas realmente crueles.

La industria cárnica es la industria de la tecnificación de la muerte. La razón en su lado más perverso, pero tampoco podemos olvidar que en un país como México, devenir vegetariano es más un lujo que parece anclado a ciertas clases sociales. Cuando uno circula por las carreteras de la sierra, o cuando va a pequeños pueblos (esto existe también en la ciudad pero es en esos lugares donde es más visible), es común ver ganado y gallinas en esas casas. Y aunque tratan a estos animales con mucho cariño, al final se los comen. Por eso que los tienen, no porque sean mascotas. Al no tener el dinero suficiente para comprar comida y tampoco disponer de un terreno amplio para plantar (además de las adversidades que eso representa), ven en estos una escapatoria. En ese otro México, el vegetarianismo parece imposible e insostenible. Ojalá dejáramos de comer carne y cambiáramos nuestros hábitos, pero aún hay un largo camino por recorrer y muchos puntos que dialogar.

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.
@ferbustos

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