La tortuga roja: los relatos del silencio

La tortuga roja (Bélgica-Francia-Japón, 2016)
(La Tortue rouge)
Director: Michaël Dudok de Wit.
Género: Animación.
Guionistas: Michaël Dudok de Wit y Pascale Ferran.

Vemos la vida de un náufrago sin nombre, quien después de una tormenta es arrojado a las playas de una isla deshabitada. Luego de algunos intentos fallidos por buscar su salvación, el náufrago se encuentra con una extraña tortuga roja que cambia sus circunstancias. Decir más sobre el argumento de la película es decir nada, pues La tortuga roja es una obra singular que retrata, en poco más de una hora, la historia de una vida. Abre un mundo lleno de emoción y sentido para el espectador, a pesar de que éste se exprese en silencio. No hay diálogos, no hay palabras, los personajes se manifiestan con gestos. En su aparente incapacidad de comunicación, el silencio muestra lo elemental y recubre a la narración de un matiz primigenio, originario, casi mítico.

Sin embargo, hay que decirlo, esta película no es una fábula, mucho menos una alegoría de la vida, como se ha insinuado en algunas críticas (por ejemplo en ésta de The Guardian). Es una historia sobre la soledad. La soledad de una vida particular, por supuesto, que en su desarrollo trata temas fundamentales, pero que, al acentuar el ánimo lírico y cercano a la lógica de la emoción, muestra una historia que sólo puede ser contada desde la singularidad de un individuo separado e incomunicado.

El náufrago inaugura los acontecimientos sumido en el deseo de sobrevivir en una playa en donde las criaturas que son dejadas por la marea se convierten en alimento para los carroñeros. Al mismo tiempo, es acosado en sueños por el ideal de un puente o una melodía que rompan su aislamiento y le ofrezcan un camino de vuelta al mundo. La angustia del abandono y la constante presencia de la muerte no ensombrecen la belleza de la naturaleza, sino que la acrecientan. El profundo espesor de la arena y el ramaje, al igual que la grave fuerza y la ligera calma del mar, son convenientemente dibujados por la animación, que se vale de texturas enrevesadas, transparencias inmóviles o firmes masas de color y trazos para dar a la estética de la imagen un matiz necesario, que ilumina a la naturaleza en su propio estado de ánimo. Éste sirve como contrapunto a los sinsabores que experimenta el náufrago y subraya su soledad, pues mientras afronta peligros y experimenta la desesperación del fracaso, la naturaleza se conserva en sus ciclos: el día y la noche, la vida y la muerte, la calma y la tormenta. Así, la soledad de un individuo separado de sus semejantes lo deja desposeído de todo excepto de sí mismo, frente a la naturaleza impávida que lo acoge. Sólo cuando el ruido de lo social desaparece, el náufrago, sumido en el silencio más insondable, es capaz de asegurarse una existencia propia. La soledad más primigenia es la puerta por la que entra la vida más significativa. El espectador se colma de empatía por el protagonista porque sabe que en cada acontecimiento se juega la vida de éste, no sólo como simple sobrevivencia, sino como sentido fundamental dado en la existencia más singular.

A partir de un evento misterioso —que es mejor no revelar en sus detalles y que comienza con la aparición de la tortuga roja—, hay una suerte de sincronía entre la vida del náufrago y la naturaleza, que ya no permanece cerrada en sí misma y se abre al protagonista. Como dijo el director Michaël Dudok de Wit en una entrevista publicada aquí mismo, el náufrago “debe aprender a sobrevivir, pero luego acepta su destino y entiende lo integrado que está con todo, no se puede estar en conflicto con el mundo natural”. Sin embargo, incluso con la aparición de más personajes, la soledad no se rompe porque cada uno de ellos posee una vida particular que lo obliga a separarse de los demás e ir en busca de su destino. La soledad que los condena al alejamiento de sus seres queridos revela también su carácter más esencial. La vida que comparten es tan valiosa y emotiva para el espectador porque éste sabe que cada personaje debe consumar su fin tarde o temprano, lo que significa emprender el viaje, perseguir su singular destino y arriesgarse a la angustia, como sucedió con el náufrago al principio de la película. Al final, lo único que permanece es el misterio de la tortuga roja, es decir, el misterio de la posibilidad de que un individuo, en su existencia más aislada y originaria, se haga de un mundo compartido con otros seres solitarios donde el amor, la ira, la compasión, el cuidado y la compañía, constituyan una vida que valga por sí misma.

No hay conclusión, giro moralista o metáfora aventurada sobre el sentido de la vida que concluya la película. No se postula una razón de ser de la narración además de la vida de sus personajes y las vicisitudes a las que se enfrentan. La profundidad dramática de la historia es, entonces, doblemente asombrosa, pues los personajes no son tridimensionales: no tienen pasado, su futuro es incierto, no cultivan deseos inconscientes, no luchan contra sí mismos, ni siquiera tienen nombre. A pesar de ello, en su indeterminación expresan emociones auténticas que no se presentan como ideas encarnadas forzosamente en personajes apostillados o como sentimientos estereotipados, sino que son vividas en toda su tensión y consolidan la poderosa fuerza dramática de la película.

Es complicado ubicar La tortuga roja entre sus pares porque los elementos que la constituyen raramente se encuentran conjugados en una misma obra. En primer lugar, la animación como recurso cinematográfico ha sido relegada en su mayor parte a la caricatura burda y simple o al entretenimiento del público infantil —con honrosas excepciones—. La mirada profunda y mítica sobre la existencia por la que ha sido comparada con El árbol de la vida de Terrence Malick se sirve de una expresividad que evita el tono sublime y abstracto de la película del director norteamericano para robustecer la intimidad de la emoción. No hay imágenes cósmicas del inicio del mundo, pero el trazo fino y simple, los colores puros y sutiles permiten que la cotidianidad de un acto sencillo —llenar un frasco con agua, nadar, comer una fruta— se revista de sentido. La animación ofrece las herramientas adecuadas para sintetizar un estilo y una atmósfera que es suplementaria a la composición del cuadro y ofrece amplias posibilidades creativas. Pero incluso comparada con películas de animación que usan marcadamente esa dimensión visual, como las de Sylvain Chomet o Isao Takahata —quien, por cierto, es productor artístico de La tortuga roja—, la sencilla fuerza narrativa del tema y el tratamiento eficaz que ignora el diálogo para favorecer la expresión emocional de los personajes hacen que La tortuga roja ocupe un lugar especial en el panorama del cine contemporáneo.

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