El Tiempo suspendido de Laura Bonaparte

Hace pocas semanas se presentó en la Cineteca Nacional el documental Tiempo suspendido, dirigido por Natalia Bruschtein, que desde su estreno en 2015 ha recibido numerosos premios. Es una reconstrucción de la historia de su abuela, Laura Bonaparte, una de las fundadoras del movimiento de las Madres de Plaza de Mayo. La obra gira en torno a una paradoja: Laura Bonaparte dedicó su vida a exigir justicia para su familia desaparecida en Argentina, pero, tras décadas dedicadas a mantener una memoria combativa, pasó sus últimos años afectada por una forma de demencia senil que fue disolviendo sus recuerdos. La película se sitúa en esa etapa final: aunque la anciana olvida los nombres y confunde las caras, mantiene la suficiente lucidez para entender que emprendió una lucha irreprochable.

Aunque la película no lo menciona, poco después del ataque contra su familia Laura Bonaparte publicó en El País un testimonio retomado por Julio Cortázar para escribir “Recortes de prensa”, cuento incluido en Queremos tanto a Glenda, que apareció en 1980, durante el gobierno de la Junta Militar. El testimonio se conserva intacto, con nombres, apellidos, fechas y lugares. Su lectura desata un diálogo entre los personajes de Cortázar: la escritora Noemí (narradora del cuento) y un escultor que produce una serie de piezas en torno a la violencia. Ambos discuten el problema que implica la relación entre el dolor de los demás y la obligación del testigo, ya sea que mire, hable o escriba. ¿Cómo dar testimonio de esa violencia, que excede toda imagen y toda palabra? ¿Cómo transmitirla a otros? Los personajes de “Recortes de prensa” discuten la necesidad/inevitabilidad de proseguir sus trabajos artísticos y vincularlos con esa realidad de la que son y no son parte, pues están en un espacio y un tiempo distintos. Noemí comprende con ironía que esa distancia es insalvable, pues no estar ahí es la condición de cualquier actividad artística que asuma el desafío.

El dilema se despliega entre dos extremos marcados, de un lado, por el testimonio de Laura Bonaparte y, del otro, por el estilo morboso y sensacionalista que Noemí atribuye a la revista France­-Soir. La fuerza del testimonio procede tanto de los acontecimientos descritos como de la forma de contarlos: Bonaparte es concisa, evita descripciones morbosas y desbordes emotivos; narra los hechos con precisión, da pocos pero elocuentes detalles: “De mi hija sólo me ofrecieron ver las manos cortadas de su cuerpo y puestas en un frasco, que lleva el número 24”. Si este texto surge del deber ético de resistir a la dictadura y exigir justicia, que los personajes de Cortázar asumen también, France-Soir aprovecha el dolor ajeno para satisfacer “vaya a saber qué oscura complacencia”. Narrar desde el punto de vista de Noemí sirve a Cortázar para colocarse en un lugar similar al de Laura Bonaparte: una mirada empática, que refuerza su vínculo con los cuerpos feminizados por la tortura. France-Soir, en cambio, busca colocarse en el lugar masculino del torturador. Aunque el diálogo resume una prestigiosa tradición intelectual vinculada con las conexiones entre el arte y la política y las responsabilidades del testigo, luego abordada por Susan Sontag en Regarding the Pain of Others, es posible leerlo como preparación para el verdadero conflicto del cuento: la reacción de Cortázar ante el desafío que representa el testimonio de Laura Bonaparte, que se revela como una narradora magistral.  

Esta diferencia de género es crucial. Las Madres de Plaza de Mayo opusieron al Estado una imagen muy tradicional de lo femenino: mujeres de cierta edad, heridas por la falta de sus hijos, a quienes recordaban por medio de los pañales, que sugerían imágenes de domesticidad, cariño y vulnerabilidad. Esa evocación de lo materno fue decisiva, pues les confería respetabilidad y las hacía conmovedoras; no estaban luchando por ideales abstractos, sino por las personas con nombre y apellido cuyas fotografías enarbolaban en sus pancartas. Los testimonios incluidos en Tiempo suspendido insisten en ello: la voz de Laura es más tierna al referirse a sus hijos con diminutivos (Noni, Irenita), o mostrar fotos en las que aparecen como niños que juegan en la playa o durante un día de campo. Las secuencias de su vejez subrayan su vulnerabilidad: su piel arrugada, sus manos gastadas por el tiempo, sus temblores y su dificultad para moverse, un cuerpo tan frágil como la memoria que lo abandona.

Este despliegue visible de la fragilidad es un desafío a la imagen de poderío militar proyectada por la dictadura a través de espectáculos masivos, como los desfiles del ejército; las Madres supieron activar a su favor los contrastes entre lo masculino y lo femenino, la fuerza militar y la vulnerabilidad doméstica. Si bien es admirable la eficacia de esos recursos cuando se consideran como intervenciones en el espacio público, surgieron de una postura ética y de un vínculo emocional: ante el asesinato de su primera hija, Laura Bonaparte entabló un juicio contra el ejército argentino. Decidió acudir a la ley y apelar a la justicia. Su desafío al Estado surge de esa creencia, que se nutre de los sentimientos de amor y lealtad entre ella y sus hijos; para ella, esos valores son superiores a consideraciones más inmediatas, como su seguridad personal. Tiempo suspendido lo reitera: cada nueva brutalidad confirma esa decisión y fortalece esos lazos, aunque ella se va haciendo más consciente del poder de una maquinaria que, en contraste, parece más atroz. La película narra la construcción de una identidad personal que se quiere distinta de la fuerza militar y de ello deriva su fuerza para resistir.

“Recortes de prensa” explora posibilidades muy distintas. Después de leer el testimonio, los personajes se despiden y Cortázar emprende su propia escritura de la violencia. Desde el epígrafe advierte: Aunque no creo necesario decirlo, el primer recorte es real y el segundo imaginario. La palabra real tiene al menos dos significados: el testimonio realmente apareció en El País y los acontecimientos relatados sucedieron realmente.  En cambio, el supuesto recorte de France-Soir es un recurso inventado para sostener una narración fantástica. Como réplica de Cortázar al testimonio de Bonaparte, parte de la aparición de un nuevo personaje, una nena sentada en la calle, imaginada a partir de Victoria, la nieta de Laura Bonaparte, abandonada cuando sus padres fueron desaparecidos por fuerzas del ejército y la policía. Esta nena, sin nombre en el cuento de Cortázar, guía a Noemí para que presencie una segunda escena de tortura.

Se trata de un cuadro de violencia doméstica: el padre de la nena quema con un cigarro a la madre atada a una cama. Si bien se evocan innumerables casos de tortura con picana eléctrica ejecutados por integrantes del ejército argentino, Cortázar sitúa esta escena en el interior de la casa familiar, como para reconocer que ahí también suelen ser los hombres quienes golpean, violan y asesinan a las mujeres.1 La intervención de Noemí (que elimina la distancia entre el testigo y el participante) invierte este esquema: golpea al hombre en la cabeza y luego ella y la mujer desatada torturan y asesinan al verdugo.

Ante todo, el episodio cumple el deseo expresado durante la conversación entre Noemí y el escultor: ojalá hubieran estado ahí para impedir la tortura. No obstante, al convertir a Noemí en torturadora, Cortázar elimina la convicción ética que permitió a Laura Bonaparte mantener la empatía con las víctimas. Como si esa identificación fuera insoportable, Noemí ocupa el sitio de quien ejerce la crueldad, y sustituye los ideales de Laura Bonaparte con un deseo de venganza.

Quizás al subrayar que esta escena es imaginaria Cortázar reconoce que está escatimando la situación denunciada por el testimonio. El aparato represor de la dictadura estaba formado por hombres que no actuaban siguiendo un impulso de crueldad o de venganza, sino ejerciendo habilidades adquiridas a través de un entrenamiento militar que busca eliminar los sentimientos de compasión y convence a los verdugos de que sus víctimas son seres abyectos, enemigos que merecen ser destruidos. La historia argentina de las últimas décadas reitera que fueron actos realizados en obediencia a las leyes de la dictadura.

Al final, la desproporción entre las dos escenas persiste. Al imaginar la liberación de la torturada y su venganza, Cortázar postula una supuesta igualdad entre hombres y mujeres en la crueldad: un impulso natural, animal y salvaje que ignora la construcción cultural, social y política que habilita el ejercicio de la violencia y lo convierte en atributo del género masculino, crucial en el mantenimiento del poder, tanto en el ámbito doméstico como en el gobierno de la nación presa de la dictadura. Sobre todo, prescinde de la convicción que hizo posible la resistencia de Laura Bonaparte a través de las décadas: la construcción de una identidad inspirada por la convicción de que hay alternativas éticas a la violencia, la voluntad de elegir e imaginar algo distinto.


1 Puede verse el artículo de Estefanía Vela en El Universal el 24 de noviembre de 2016 (¿Y la violencia en contra de los hombres, qué?) Según datos citados ahí, por cada hombre asesinado por violencia familiar en 2015, se cuentan 8.6 mujeres.

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