Los retos del cine en una era de streaming

Cada vez que escucho o leo sobre alguna controversia que busca responder “lo que es o no es cine” me siento en el siglo XV. Hace unos días, esta polémica se avivó con el anuncio de la Selección Oficial de Cannes que incluía dos películas producidas por el gigante del streaming, Netflix.

Y entonces, Okja de Bong Joon-ho y The Meyerowitz Stories (New and Selected) de Noah Baumbach ya no interesaban por ser nuevos vehículos de creación, de adición a la historia del cine, no, de repente importó más lo que significaba (¿para quién?) tener al inicio de su metraje una gran “N” rojiza (el logo de Netflix).

Sin duda esta inclusión significa algo para el cine: las transformaciones son inevitables. Para la Federación Nacional de Cines Franceses saber que ambas películas no se exhibirían en salas de cine y pasarían directo al streaming logró que Cannes, fundamental en todos los sentidos para la historia del cine, estableciera nuevas reglas: “a partir de ahora, cualquier película que desee participar en competición en Cannes deberá comprometerse previamente a ser distribuida en las salas francesas. Esta nueva disposición se aplicará a partir de la edición de 2018 del evento”.

Primera impresión: una táctica noble que protege, como siempre lo ha hecho, el cine francés, a su industria; pero entonces llegó lo terrible: cuestionar si eso que se vería en las pantallas del festival era cine. Al parecer, como buen siglo XV, el cine no es cine si no hay proyección en una pantalla grande (y aunque muchos no lo acepten: el cine tampoco es cine si interviene alguno de los servicios de streaming). El primer reclamo era, en teoría, sobre lo estético.

Y entonces creo que hay que ser ingenuo para pensar que esta discusión sólo se refiere a eso como abogan muchos, incluso Pedro Almodóvar, presidente del jurado en esta edición en Cannes. La Federación Nacional de Cines Franceses le exigió a Netflix esperar 36 meses posteriores a la proyección de las películas en salas francesas. El rechazo fue inmediato. Ni la Asociación ni Netflix están dispuestos a la ambigüedad monetaria. En el caso de Netflix: ¿cuánto significaría retrasar un estreno por el que se invirtió millones?, en el caso de la Asociación: ¿cuántas pérdidas habría si las personas se quedan en la sala de su casa a ver una película?

Creo que puedo entender eso. La industria del cine no es la única que tiene que velar por el sostén económico, pero acusar a algo si es o no cine me parece un argumento retrógrado, purista y, ¿por qué no?, con un tufo de clasismo. Al final, el cine no se define por el medio en que es exhibido, el cine va más allá de regodearte si fue vista o no en una pantalla grande. Sin duda, la experiencia cinematográfica es única: una sala oscura, un evento mayor como dijo Almodóvar en donde “nosotros debemos ser diminutos para poder sentirnos dentro de esas imágenes y arrastrados por esa historia”.

Mentiría si niego que soy una persona que busca las pantallas grandes, el silencio total, la entrega frente a las imágenes, y sí, a mí también me aterra saber que mi sobrino de seis años se alimenta de imágenes en plataformas digitales, pero al mismo tiempo que hace eso, me parece extraordinario todo lo que sabe, lo que descubre, lo que imagina. ¿Acaso nosotros no conocimos las obras de grandes cineastas a través del formato “menor” de una pantalla de televisión/computadora?

Las formas de consumo cambian, los hábitos de los consumidores no son los mismos que hace cuarenta años, ¿quiénes somos para avalar la experiencia cinematográfica de otros? Esta discusión es sobre la industria, no sobre los espectadores. Y pensemos en una industria que pocas veces muestra interés por obras independientes, condenadas a la invisibilidad. Incluso en Cannes, la cuna del cine de autor, hay películas que con seguridad no llegaron más allá de las personas que la vieron en las salas de la Croisette.

Una película cumple su ciclo de vida cuando la ve un espectador, y como eso, agradezco la opción de cambio, de transformación, tengo derecho a ello, ¿por qué no puedo convivir con ambas plataformas sin que todo se convierta en una experiencia caníbal? Para hacer cine, desde la dirección, la escritura, el pensamiento, no debería importar la trinchera. Lo que debería interesar es la libertad de creación. Creo que sin ella no podremos tener cine mañana.

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