Lo irreconocible

¿Qué es lo que vemos cuando hablamos de violencia? Mucho. A nuestra mente viene una avalancha de imágenes: cuerpos hechos trizas, fragmentos de algo, la sangre, el dolor, lo irreconocible; siempre es mejor voltear la mirada, seguir nuestro camino. Lo que no puede ser reconocido es, precisamente, lo que nos hace sentir seguros, porque no pertenece a nosotros; lo irreconocible es lo que ha dejado la historia de un país atravesada por la brutalidad y es, aunque nos sorprenda, la mejor forma de entender, de no cerrar los ojos.

Ganadora de Impulso Morelia en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2016, el último trabajo del documentalista Everardo González, La libertad del diablo (2017), hace uso de este concepto, “lo irreconocible”, a través de un recurso estético: algunos episodios violentos en el país son contados por medio de sus protagonistas que, en un acto de seguridad, cubren sus rostros; sin embargo, esta decisión, la de ocultar su identidad, es, paradójicamente, su única manera de hablar, de no callar, de luchar.

Con máscaras usadas para personas quemadas, el documental de González se sumerge en toda la herencia que ha dejado la violencia: familias que abandonan su hogar después de un evento traumático, jóvenes que a muy temprana edad ponen precio a un cuerpo, la incansable búsqueda de los que quieren a un ser querido de regreso, los militares avergonzados, los policías asqueados…

Y este mundo permeado por el dolor, transformarlo en algo más podría ser una tarea imposible, cuestionable, absurda, si se considera que en La libertad del diablo están presentes las dos caras del horror en México: víctimas y victimarios. ¿Qué es lo que se supone deben decir los individuos que violentan?

Everardo se posiciona al otro lado de su cámara y mira con el lente a los individuos que tiene ante sí, no los juzga y se despoja de los preceptos morales. Al final, ellos, los que cuentan su historia, son personas, seres humanos que en algún momento coincidieron en simplemente existir.

Este sentido de humanidad que no polariza entre el “bien” y el “mal” proviene, sin duda, del background de investigación documental y periodística. Para la realización del documental, Everardo trabajó en conjunto con dos figuras que han dedicado su trabajo a estos temas: Daniela Rea y Diego Enrique Osorno, un método colaborativo que le permitió acceder a toda la información y visualizar las dimensiones de un monstruo de mil cabezas que devora al país.

Así, La libertad del diablo trabaja entre el documental que manifiesta un interés informativo explícito y otro que prefiere trabajar sólo con las metáforas, el peso visual y auditivo. Gracias a esto, es posible identificar la sensibilidad que sólo puede nacer de años de investigación, de escribir y anteponer el sentido profesional. Como ejemplo es la selección y jerarquización de los protagonistas ante la cámara, del espacio para las voces que, aunque contrarias, se intersectan, a pesar de todo, en algo que incomoda a los espectadores.

Probablemente sin esta sensibilidad, el trabajo de Everardo se acercaría más a las producciones que transforman al documental en un acto de pornomiseria, de espectacularidad que se condensa en la figura del victimario a través de las leyendas y las batallas en torno a él. En una charla sobre su anterior trabajo, El paso (2016), Everardo González señaló que hablar sobre la violencia es una posición política que permite cuestionar y dejar un testimonio que servirá muchos años después.

La posición política en La libertad del diablo no reside en juzgar o condenar a su materia prima, pues pareciera que para él, todos, de una u otra manera, son un engranaje más dentro de una máquina de guerra amorfa que se escapa de nuestras manos. Ante esto, Everardo se aleja de El paso (donde habla de los peligros que ha alcanzado el periodismo en el norte del país) y de su denuncia frontal y pasa a una narración más poética y ensayística, acompasada, que observa con detenimiento la cotidianeidad.

De esta manera es posible y necesario ubicarlo junto a otras producciones contemporáneas que ven en la experiencia sensible la mejor manera de dar voz: Tempestad (2016), de Tatiana Huezo o Nostalgia de la luz (2010), de Patricio Guzmán, por mencionar algunas películas que han encontrado en este estilo un libre albedrío, el necesario, quizá, para ir cicatrizando las heridas. 

Ambos ejemplos también tienen una preocupación genuina hacia la fotografía y el diseño sonoro: en el caso de La libertad del diablo, la primera, obra de María Secco, es la que construye la atmósfera enrarecida, sacada de un cuento poblado por monstruos, por su lado, lo segundo, realizado por Quincas Moreira, cierra este mundo de cuatro paredes, asfixiante.

El trabajo de Everardo no busca indagar en la teorización de la violencia y se centra en el modo expresivo a través de los testimonios, de la cámara fija, de los espacios claustrofóbicos en donde la entrevista de tú a tú endurece los silencios, las palabras, los recuerdos, la realidad.

El documental habla sobre México pero, al mismo tiempo, se asoma a la sociedad que hemos creado: ¿qué es lo que hemos hecho para preguntar sobre la sensación de asesinar a un niño? ¿Por qué articulamos, siquiera, la oración “asesinar a un niño”? La libertad del diabloes un estudio sobre la violencia, pero también uno sobre el humano en donde las preguntas qué, por qué, quién, quiénes somos parecen estar sobrepasadas.

La confrontación es constante, lo irreconocible mira directo a la cámara, los ojos dolientes que miran por los resquicios de la tela encontraron en el despojo el vehículo esperanzador del habla: ¿hay culpables? ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué matamos? ¿Por qué desaparecen nuestros seres queridos? ¿Por qué tanta destrucción? ¿Qué haremos cuando se nos acaben las vidas y las lágrimas? ¿Qué haremos cuando ya no nos queden máscaras?

 

Arantxa Luna

Twitter: @mentecata_

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