La figura del cínico y la escucha del “otro” a partir de Trainspotting

En 1999 el British Film Institute creó una lista de las 100 mejores películas británicas, en la que Trainspotting de Danny Boyle ocupó el décimo lugar. Desde su estreno en 1996 la cinta se volvió objeto de críticas positivas que la encaminaron, con el paso del tiempo, a volverse una película de culto por las diversas problemáticas que abordaba de un solo tajo, generándole a Boyle el reconocimiento de su trabajo, tanto por la apuesta hacia redefinir conceptos en el cine y abordar problemáticas importantes, como también por su elección por la música como sonoridad que define la trama (la escena inicial con Iggy Pop, la dosis de heroína con Lou Reed, la desintoxicación con música de Underworld). La cinta sirvió también como realce a la figura de Irvine Welsh como novelista, al estar inspirada en su obra homónima.

Trainspotting se ha vuelto icónica (en tiempo histórico) de finales de los ochentas o principios de los noventas, en tanto que bosqueja la figura del punk (el soft punk propio del momento) como símbolo de resistencia al sistema. Época en que el rock y el cine eran el estandarte artístico con el que la sociedad joven se podía sentir más vinculada, cuando las discotheques se usaban para ir a bailar y cuando las drogas químicas comenzaban a surtir mayor efecto evaporando la subjetividad de quienes se volvían adictos; pero sobre todo fue también una época en que el SIDA apareció como uno de los temores más impactantes de la humanidad y que tuvo una estrecha relación con el uso de la heroína a causa de un mal empleo de las jeringas.

No es que el tema de las drogas químicas en el cine se principie con Trainspotting, sino que parece que es Boyle quien se aventura a representar, desde una óptica cruda y realista, la vida de los junkies que parecen vejados por las clases altas que perciben el mundo como una revista de modas. Antes de Trainspotting, en el cine era usual visualizar las drogas como punto de derrumbe de las pandillas, de la familia y de la sociedad (The Warriors, Rumble Fish, Blood In Blood Out), pero es hasta esta cinta, que las drogas aparecen asociadas a un problema de salud ligado –a su vez– a la descentralización del sujeto. Las películas mostraban la figura del drogadicto pero sólo desde la mirada externa: “el otro totalmente despreciable”, pero no había espacio para entrar a su consciencia y conocer su percepción del mundo. Así, con esta cinta, se inauguró la escucha del junkie, su percepción de la sociedad, de sus deseos y el proceso de desintoxicación, el cual es mostrado por Boyle en lo que quizá sea una de las mejores escenas de la película. La escucha del ‘otro’ se abre para reconocer que detrás del adicto hay una serie de preocupaciones y factores que hay que entender para poder atender. La figura monstruosa queda a la intemperie para mostrarnos a una persona en términos particulares y no abstractos. Ahí hay subjetividad: deseos, aspiraciones y desgarramiento.

El filme es interesante no sólo por el abordaje que hace de las drogas, sino también porque funciona como una crítica al sistema neoliberal, la cual queda marcada desde la escena inicial en que escuchamos el monólogo de Renton (Ewan McGregor), donde enuncia todos los elementos que hay que elegir para llevar una buena vida: un empleo, una carrera, una familia, una televisión enorme, máquinas de lavado, autos, reproductores de sonido y más. Vivimos en una sociedad que nos demanda gozar continuamente y se nos ha enseñado a vincular el placer con la adquisición de ciertos elementos materiales. El progreso de la vida occidental se mide a partir de un goce determinado por la mercancía. Los aparadores y anuncios publicitarios se han convertido en el lugar donde surgen nuestros deseos. La demanda del capital, que no ha cambiado con estos años sino que sólo se ha radicalizado, sigue siendo: “goza todo lo que puedas”.

El personaje de Renton es interesante no sólo desde su papel de junkie, sino también desde su óptica existencialista que niega un sentido último en la vida al enfrentar el futuro incierto al que se condenaría al vivir como el resto de la sociedad. Renton prefiere entregarse al momento y al placer mediante drogas que lo hacen sentir más vivo que la vacuidad mundana. Reconoce las contingencias de sus creencias y de sus deseos más fundamentales y es por ello que ante la contingencia de las creencias (que parecen ya establecidas por el sistema), él decide no elegir, esa es su opción: una renuncia al establishment. Curioso es que después de todo, al final de la cinta elija abrazar el sistema que a priori había detestado. Renton opta por la sujeción: “Voy a ser como tú, el trabajo, la familia, la televisión enorme, las máquinas de lavado, el auto, el reproductor de sonido, etc.”. Se vuelve un sujeto cínico al reconocer que no cree “realmente” pero opta por aparentar creer, por insertarse, por fingir la adopción de una ideología con tal de seguir adelante.

 “El sujeto cínico está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, pero pese a ello insiste en la máscara. La fórmula, como la propone Sloterdijk, sería entonces: ‘Ellos saben muy bien lo que hacen pero aun así lo hacen’ La razón cínica ya no es ingenua, sino que es una paradoja de una falsa conciencia ilustrada: uno sabe de sobra la falsedad, está muy al tanto de que hay un interés particular oculto tras una universalidad ideológica, pero aún así, no renuncia a ella”.1

 Renton y sus amigos son apenas un retrato de ese bajo mundo al que casi nadie se asoma por propia voluntad. Todos ahí tienen la capacidad de elegir entre un sin fin de posibilidades ante las cuales permanecen paralizados. Sus amigos son sujetos anestesiados que tienen por pasatiempo ver pasar trenes (de ahí el nombre de la novela). Sujetos que frente a un secularismo en boga, frente a la muerte de Dios, ven una sola vía de salvación en los químicos. Pero tampoco es que la verdadera salvación radique en las elecciones populares. Como bien llega a percatarse Renton, esta libertad de elección es en realidad una fantasía primordial: elegir el color del coche que compraré no me hace libre, es sólo una ilusión

A pesar de los años, Trainspotting es una película que ha envejecido favorablemente, además de que sus críticas permanecen vigentes. La situación no ha cambiado mucho. La idea de sujeto autónomo capaz de construirse con base a una serie de elecciones se ha radicalizado, aquello que apenas se atisbaba en 1996, hoy se ha vuelto una demanda del mundo actual: vivimos más atentos a los monitores, a la apariencia, a la construcción de nuestra vida, que ahora se escinde entre lo real y lo virtual, al consumo, al goce que viene mediante una multiplicidad de elecciones que nos brindan la falsa ilusión de que éstas son los catalizadores decisivos de que nuestra vida sea más satisfactoria que la de otros millones de personas.

 


1 El sublime objeto de la ideología, Slavoj Zizek, Pág. 57

2 comments on “La figura del cínico y la escucha del “otro” a partir de Trainspotting

  1. Alicia Barajas Boyso on

    Bien! importante dilucidar el sentido de una película como esta y atajar las miradas convencionales que se quedan con el plano de las drogas y los inadaptados.

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