Roma locuta, causa finita: The Young Pope

Vengo de una familia de científicos que creen en Dios. Me han enseñado a convivir entre la evolución y la aparición de la madre de Cristo sobre una piedra en el cerro del Tepeyac, pero también a equilibrar el valor de “Ruby Tuesday” de los Stones con el Agnus Dei. Hay algo representativo de esta dualidad: desde principios del siglo XX, la religión —en especial la católica— ha tenido que lidiar con la mezcla de elementos de la cultura pop y el mainstream que moldean la idiosincrasia del ciudadano occidental común y corriente. Así, en los últimos tiempos, el crucifijo tuvo que simpatizar forzadamente con los conciertos de Madonna y Sinead O’Connor, el nombre de El Señor se usó para adornar la portada de uno de los mejores discos de Kanye West y Lady Gaga hizo referencia al sagrado corazón en uno de sus videos. La maquinaria cultural ha convertido a Dios en un espectáculo, un truco.

papa

De este crisol donde el glitter se mezcla con la fe, surge The Young Pope, la reciente incursión de Paolo Sorrentino (Il Divo, La Grande Belleza, Youth) en la televisión, en donde se retrata la vida de un Papa ficticio, recién elegido por el Cónclave para ser el nuevo Obispo de Roma. Lo interesante de la trama, como mencionaremos adelante, es que dicho Papa dista mucho de la figura amorosa y cálida de sus antecesores. Esto que en un principio es impresionante si se tiene en consideración que Lenny Lombardo, que decide llevar el nombre de Pío XIII, tiene apenas cincuenta años al principio de su papado. Pero antes es necesario hacer varias observaciones sobre este proyecto.

Al realizar esta ambiciosa serie, Sorrentino se encuentra con dos retos frente a su experiencia cinematográfica. En primer lugar, es necesario reconocer que la fotografía como un complemento fundamental en la narrativa no funciona en un formato largo, pues en  diez capítulos es claro que no se puede depender de la “experiencia estética” que tenían sus producciones pasadas (La Grande Belleza como mejor ejemplo). En una serie, Sorrentino no puede valerse de la imagen como arma fundamental, sino que ahora necesita un guión lo suficientemente bueno para llevar de la mano a los televidentes durante toda la temporada. En segundo lugar está el reto del desarrollo de los personajes. En sus producciones anteriores, Sorrentino hacía gala de una habilidad increíble para desarrollar a sus personajes principales a través de la relación que tienen con su contexto; entendemos a Jep Gambardella de La Grande Belleza porque vemos como zigzaguea en la sociedad romana en todos sus niveles, conocemos a Fred Ballinger de Youth por cómo se relaciona con Mick, con su hija, y por la crisis creativa que tiene. Pero en una serie, el contexto tiende a ser mucho más dinámico; la intelligentsia romana y un par de jubilados en los Alpes es suficiente para una historia de dos horas y media, sin embargo, para una que se extiende en varios capítulos, la circunstancias en las que el protagonista podría aparecer son tan variables como su vestuario.

A pesar de ello, Sorrentino supera los retos con creces y, en The Young Pope, logra una serie cautivadora. En términos visuales es necesario admitir que el director no sacrifica su característica fotografía, sino que la mantiene durante cada uno de los diez capítulos, pero sí cede en la utilidad narrativa: los enfoques a la arquitectura de la plaza de San Pedro y Castel Gandolfo no aportan nada a la contexto de los personajes, como ya hemos dicho que sí pasa en La Grande Belleza, por ejemplo. Por otro lado, consigue estructurar un guión excelente que nos permite encontrarnos con unos personajes tan complejos como interesantes. Apoyado en cuatro actuaciones impresionantes a cargo de  Jude Law, Diane Keaton, Silvio Orlando y Javier Cámara, el italiano logra contar con grandeza la vida en el poder de este nuevo Papa (Jude Law), Pío XIII, que no sólo es joven, inexperto, y estadounidense, sino que también dirige con bases ultraconservadoras, y que tiene como objetivo principal llevar a la iglesia a un pasado en el cual la relación con los católicos estaba lejos del espectáculo: un pasado en sombras que lograba, por medio de la discreción total y el alejamiento de la Iglesia de sus fieles, crear un halo de misterio —El Misterio—, alrededor de la idea y revelación de Dios. En otras palabras, para este Papa, la oscuridad de la Iglesia era fundamental para que los fieles se acercaran a Dios con honestidad y, sobretodo, fervor. Por esta razón, el Pío XIII decide convertirse en una excepción: no desea ser visto en medios con la meta de alejar a la Iglesia de la gente para que éstos, sin un guía espiritual, puedan encontrar al Todopoderoso por ellos mismos. A su vez, todo este oscurantismo está enmarcado en una lucha descarnada del propio Papa por encontrar a sus padres, quienes lo dejaron en un orfanato a la edad de ocho años y ––aunque parezca sorprendente–– su ausencia resulta en la base de una profunda crisis de fe que el representante de Cristo en la Tierra tiene sobre la existencia de Dios.

Adornada con encuadres geniales del Vaticano, la serie de Sorrentino lleva la profesionalización del cine de alta calidad a la pantalla chica, domando con maestría los retos que este salto pueda representar. Tenemos frente a nosotros una producción que reproduce un discurso crítico sobre las causas de la crisis ideológica que se vive en estos tiempos, y que surge de la apertura que la democracia liberal vendió perfectamente: si todo está permitido, entonces algo tan aséptico como la concepción de Dios se pone en duda. Y éste es precisamente el discurso que el Papa de Sorrentino defiende a capa y espada: la cruz y la corona de espinas pierden su poder si se vuelven un símbolo pop;  si no se le teme a la Iglesia no se le teme a Dios y sólo temiéndole fanáticamente se encontrará la fe más pura, y El Señor, —dice el Papa Pío XIII—, dejará de ser un espectáculo.

 

Juan Carlos Serio Covarrubias

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