The Witch, el retorno al terror esencialista

“… la bruja le dice:

 «te daré lo que quieras, pero te advierto, ¡se lo daré por duplicado a tu vecino!».

El campesino con una sonrisa malévola, le dice: «¡arráncame un ojo!».”

—Slavoj Žižek, Sobre la violencia.
 

Crecí rodeado de una cosmovisión un tanto mágica como supongo mucha gente lo hizo en este país. Al ser mi abuela de un pueblo bastante chico, Chacaltianguis, las historias familiares que a menudo me contaba tenían que ver con la vida religiosa o con historias de terror, las que por alguna razón, disfrutaba compartirme con una intención pedagógica más que terrorífica: “si algún día se te aparece la llorona, tienes que gritarle groserías, sólo así desaparece”; “si alguna vez los chaneques te pierden en un camino, ponte la ropa al revés, así le hizo mi hermano Ángel”; “había una señora en el pueblo que se convertía en pavorreal; a los nahuales hay que aventarles piedras”.

Lo cierto es que me gustaban mucho esas historias aún cuando nunca creí realmente en ellas, hasta que iba de vacaciones al pueblo y por las noches me asomaba por la ventana al patio, donde se me había contado, alguna vez se había aparecido un fantasma; o cuando veía un gran árbol que siempre identifiqué con las brujas. Aún hoy en día mi abuela me cuenta estas historias, que claro desde mi andamiaje ¿racional, secular? desacredito y las asumo como unas grandes fábulas, que me hacen preguntarme sobre qué es eso que en realidad sucedió y por qué la gente lo simbolizaba bajo esas formas, con esos relatos.

No obstante siempre me han inquietado esos relatos, el poder de la palabra antigua que con el paso de las generaciones, se han establecido en la historia familiar o popular, creando personajes siniestros capaces de representar al mal. Sobre todo por el poder del discurso, que sin mayores requisitos, construye un escenario capaz de hacerte ver un patio con dejo de temor.  Son esas historias lejos de la civilización moderna las que cimbraron las bases para cualquier tipo de terror actual, de alguna forma, es más difícil imaginar el mal en una gran ciudad, entre tantas luces y tecnología, por eso algunas de las representaciones modernas resultan un tanto risibles. Es como si el mal atacara más fácil ahí donde no hay electricidad, donde no hay una gran civilización, donde hay poca gente alrededor. Por eso a algunos nos aterra más quedarnos en una cabaña en medio del bosque sin luz, que en un cuarto de hotel en una gran ciudad.

Quizá es por esto que “The Witch” (The Witch. A New-England Folktale, 2015), resulta altamente perturbadora, pues lejos de recurrir a todos esos recursos actuales estilísticos del género (que ya había criticado anteriormente), lo hace desde lo más elemental posible, regresando a esos escenarios boscosos, donde lo que reina es la naturaleza y no lo social, ahí donde dios no ha sido desplazado por la ciencia o el secularismo, y la magia aún tiene espacio en el cosmos.

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Al igual que It Follows, The Witch apela a la tradición judeocristiana para poderse sostener. El mal es la ausencia del bien: el pecado, la transgresión de la ley divina. La historia se sitúa en Nueva Inglaterra en el siglo XVII. Una familia es expulsada de una comunidad debido a la soberbia con que William (Ralph Ineson, cuyo rostro posee una geografía magnifica) predica y vive su fe. Entonces tienen que mudarse a la entrañas del bosque y construir una granja desde cero, sin embargo todo se vuelve un caos. De las primeras cosas que se puede observar en la cinta es a una bruja llevándose a su hijo recién nacido, Samuel, para usar su sangre en un sacrificio. Es el inicio de una maldición que a pesar de las plegarias a dios, no se irá de su familia. Maldición que William ve como una afrenta de dios para ser más humildes.  Así, este padre de familia parece descendiente de Job, pues a pesar de cumplir cabalmente con la ley, dios no lo escucha: el mal también es la indiferencia. 

La historia de la familia en la granja es una que va hacia la tragedia, Caleb (Harvey Scrimshaw), el hermano que mira lascivamente a su hermana mayor para después sentir culpa y pedir perdón a dios, al gran Otro; la hermana mayor, Thomasin (una gran Anya Taylor-Joy), que atemoriza a su hermana menor diciéndole que ella es una bruja; la madre que busca deshacerse de su hija porque ya es una mujer; la falta de comida, de dinero, de bienestar. Una vida al desamparo de la divinidad, donde entonces el mal, la tentación del demonio, tiene cabida.

Robert Eggers, quien ganó con esta su primera cinta el premio a mejor director en el Festival de Sundance 2015, logra un retorno a la historias primigenias que parecían olvidadas por el cine de terror. Por esto posiblemente para quienes están más acostumbrados a la lógica moderna de este género, la cinta les parecerá aburrida (no hay sustos a decibeles ni figuras terroríficas visualmente), cuando en realidad el trabajo cinematográfico al que nos enfrentamos en The Witch es de una finura trasatlántica, donde el diseño de arte juega un papel fundamental con una escala de colores casi salida de la arquitectura de Axel Vervoordt (con sus asegunes) o de los cuadros de Goya. El simbolismo, el parecido a William con Jesús, los nombres bíblicos, la bruja que se transforma en animales (nahualismo), la forma de representar el temor al infierno, son en conjunto una película esencialista del género. La bruja representa todos los temores tanto ortodoxos como liberales, es el pecado, el mal en su representación primaria y que a los personajes les agobia hasta la asfixia, pues son ante todo unos pecadores.

La grandeza de The Witch habita en su simpleza narrativa. Es un relato de esos que contaban las abuelas, que desterrando a nuevas narrativas pomposas, hace uso de lo básico. Nos recuerda que hay temores más profundos que nos acechan, que lejos de lo que propuso Nietzsche con su –tan usada– frase “Dios ha muerto”, como bien ha contrargumentado Žižek: “si Dios no existe, entonces todo está prohibido” (por supuesto en una esfera teológica). El mal no es sólo una noción metafísica sino algo que nos cala en lo más cotidiano. El mal está ahí a la vuelta de la esquina, en la sin razón y en la razón perversa. Todos podemos cometerlo, y esto por supuesto nos  guía a una pregunta teológica importantísima ya trabajada por el filósofo Ramón Kuri: “¿Por qué hay mal y no, preferiblemente, el bien?”.

 

 

3 comments on “The Witch, el retorno al terror esencialista

  1. luz on

    “es a una bruja llevándose a su hijo recién nacido, Samuel, para usar su sangre en un sacrificio” esto es parte del rito de iniciación en el culto a la santa muerte. El mal lo crea el hombre.

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  2. Ricardo MG on

    Me parece perfecto cómo se describe la película “terror esencialista” Los ritmos arcaicos, de donde nace el arte, los primeros, de donde provienen las ideas de bien y mal, los que juegan eternamente, los temas universales que siempre tendrán cabida en el mundo.

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  3. F. Antonio Ledesma López on

    Una obra de arte redonda, totalmente arquetípica y poética, llena del origen primitivo del miedo y donde los extremos se tocan…la religiosidad exagerada y casi fanática lleva al polo opuesto de Satán.

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